Perico el capitalista
02 de agosto, 2010
Perico de los Palotes, es un perfecto don nadie, como lo somos todos. No es ni más talentoso, ni más bonito, ni más feo, ni más desagradable que nadie. Aparte de alguna fobia por aquí, una manía por allá y una timidez galopante a cuestas, encaja dentro de lo que podríamos llamar normal.
No obstante, es víctima, como muchos de los cubanos que venimos a Estados Unidos, del marketing de los ganadores. Sí, de esos ‘vivos’ que te repiten en los medios que se puede llegar a ser el mejor y convertirse en millonario, que inventan libros para lograr el éxito y que te dicen que con actitud llegarás a la cumbre (obviando convenientemente lo imprescindible que es el talento).
Y como Perico siempre vivió en Alamar, limitado por supuesto a soñar chiquito, se creyó el cuento y ahora se siente infravalorado en el trabajo. Cree, sin percatarse de su mediocridad, que merece más. Cree que su vida no vale la pena y que su genio se está marchitando en un puesto de trabajo sin sentido, sin reto, sin ninguna otra motivación que ganar dinero para comer y mandarle algún dinerito a su gente en Cuba.
Piensa que su oportunidad está por llegar, que sólo es cuestión de que un día se arme de valor para renunciar y armar su empresa de artefactos para el baño que le dará fortuna, porque como leyó en el libro de Kiyosaki, todo está en la actitud. Entonces lee un anuncio en la prensa de una nueva empresa financiera que ofrece altos intereses por las inversiones en efectivo.
Perico piensa en su origen humilde, proletario, y se le aguan los mojos. ¿Quién le hubiera dicho hace unos años en la Chusmita de la zona 14, que sería todo un capitalista? Se entusiasma con la idea y construye su respectivo castillo en el aire: ya no tendrá que trabajar, terminará de pagar su casa, podrá viajar a Europa (su sueño desde niño), y escribirá esa novela que hace rato que quiere escribir, sobre la historia extraordinaria de sus abuelos españoles.
Decide investigar la empresa y contacta a un par de amigos que han invertido. Se entusiasma con sus testimonios. “La empresa es seria. A mí ya va el tercer mes que me reporta el 5 por ciento mensual sobre el total de la inversión. Pero eso sí, tienes que invertir al menos $100,000 para que te den esa tasa”.
El que no arriesga no gana, piensa envalentonado, y se va bocabajo en una serie de descalabro laboral tras otro, lo que desemboca en su despido, con la extrañeza de su jefe, quien siempre había considerado que Perico era un buen elemento.
Pero Perico no se amilana. Una vez recibido el dinero de la compensación laboral, lo invierte todo en la financiera y se siente feliz. Un representante de la financiera lo visita, llenan todos los papeles, sacan fotocopia de su cédula de vecindad, y al día siguiente, la inversión está hecha.
Su mujer Alina, una persona normal, pero extrañamente sensata, mira todo el panorama como una espectadora que sabe el final y que resignadamente lo espera con paciencia. Sabe que vendrá el escándalo, las protestas en la calle, algunos años de depresión y un parásito que vivirá a costa de ella el resto de su vida, pero sin el cual, sensateces aparte, no podría vivir.










