Mi abuelo, mi patria, y los aguacates
13 de diciembre, 2010
Mi abuelo Gastón, una de las personas más admirables que he conocido, reclamó a mis padres en el ’80, y así me vine yo a los EE.UU., con apenas dos años y sin idea de lo que estaba pasando. Gracias a la gran paciencia y dedicación de mi abuelo, hablo, leo y escribo en español, tengo dos culturas, y siento en lo más profundo de mi alma que pertenezco a dos pueblos. Desde niño, mi abuelo me contaba de la belleza incomparable de su patria, de la alegría contagiosa de su gente, de nuestro barrio Cojímar, sus cafetines, las bondades de su mar a disfrutar en cada pesquería.
Un día comprábamos aguacates en Wal-Mart, y mostrándome uno, me preguntó: “¿Qué te parece? Yo le respondía ingenuamente que estaba hermoso, y él sonrió. “Eso lo dices porque no sabes lo que es un aguacate Catalina, los más sabrosos del mundo. Algún día si vas a Cuba los probarás”.
Y así, tanto me habló de mi tierra, que se convirtió, para mí, una obsesión ir a reencontrarme con aquel país maravilloso que dejé atrás siendo muy pequeño. Deseaba con locura ir a conocerlo.
Cuando terminé el ‘high school’, partí por dos semanas. Luego de visitar mi patria y mi barrio, me sentí totalmente defraudado, llegué a pensar por unos instantes de que mi abuelo me había mentido durante estos largos años pasados.
Ninguno de los cuentos de mi abuelo lograba materializarse ante mis ojos. Todo era tan feo y tan sucio que no sabía si estaba perdido. A los jóvenes de mi edad, les provocaba risa las preguntas que les hacía, decían que yo tenía una gran imaginación para inventar cosas. No puedo negar que a los cuatro días estaba desesperado por marcharme.
Un día, se me ocurrió sentarme a conversar con uno de los hermanos de mi abuelo, que aún vivía. Este me confirmó que todo lo que contó mi abuelo había sido cierto, pero que ese país tan hermoso ya no existía.
De regreso en Miami, me recibió mi abuelo con una cena de bienvenida: arroz congrí, bisté de puerco, yuca y tostones. Para alegrarlo un poco saqué un gran aguacate Catalina que le traje y se lo di para que lo picara. Lo contempló antes de cortarlo y en su rostro vi una mezcla de nostalgia y alegría.
Mientras tomábamos el café, mi abuelo me preguntó cómo había sido la experiencia; quería saber si me había gustado el país. En ese momento que yo nunca hubiera deseado que llegara, se me hizo un nudo en la garganta y me invadió todo el dolor que sentí al conocer nuestra tierra.
“Abuelo, tu país no existe, desapareció como la Atlántida. Es mejor que lo sigas conservando así de bello en tu memoria. Hasta he llegado a pensar que todo fue fruto de tu imaginación. Lo único bueno que queda son los aguacates”,
Mi abuelo se dirigió hasta la ventana y su mirada se perdió en el vacío, y permaneció mudo por mucho rato. Pude ver con dolor cómo brotaron de sus ojos cansados unas gruesas lágrimas. Yo nunca lo había visto llorando, y no pude evitar llorar con él.










